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COSTUMBRES VALENCIANAS – MOROS Y CRISTIANOS -- LAS FIESTAS DE BIAR

Introducción

Seguidamente damos cuenta del citado artículo, publicado  en el número nº 18 de fecha 5 de mayo de 1839 del SEMANARIO PINTORESCO ESPAÑOL, compuesto de ocho páginas.

Dicho semanario fue fundado por Mesonero Romanos en 1836 y estuvo publicándose entre el 1 de abril de 1836 y el 20 de diciembre de 1857.

 Se organizaba en unas secciones fijas  como eran: Costumbres, España pintores, Bellas, Artes, etc.…, de ahí que el artículo que nos ocupa lleva como título inicial Costumbres Valencianas y como segundo Moros y Cristianos.

El texto de dicho artículo, que seguidamente vamos a reflejar, está  centrado en las fiestas de Moros y Cristianos de Biar. Con una gran  meticulosidad, su autor, realiza una minuciosa descripción, primero de los preparativos de fiestas, para pasar a describir el desarrollo de los distintos actos que, en honor de la patrona de la villa, la Virgen de Gracia, dan comienzo el diez de mayo.  Al día siguiente, tiene lugar la toma del castillo cristiano, por parte de los moros  y al otro sucede al contrario; los cristianos recobran el castillo y tras la lucha con los moros, se produce un segundo ataque en el que participan los vecinos de Villena y Castalla, llevándose los de Villena los restos de la efigie de Mahoma. Dicho día finaliza con el regreso de la patrona a la ermita.        

Texto del citado artículo

“La reconquista de España dejó impresa en el alma de nuestros antepasados una idea de gloria, que se ha transmitido a nosotros con la misma fuerza y entusiasmo con que la adquirieron aquellos testigos oculares de las mayores proezas. Muchas poblaciones celebran con pública alegría el momento feliz en que las banderas cristianas triunfaron de las moriscas, y les devolvieron la deseada libertad; pero entre todas, ninguna se entrega con mayor placer a estos recuerdos que varias de las valencianas. Alcoy, Onil, Benejama y otras muchas solemnizan el célebre día con fiestas anuales a que dan el nombre de Moros y Cristianos; pero ninguna sobresale, ninguna se esmera tanto como la pequeña villa de Biar, famosa en la provincia de Alicante, más aún que por la riqueza e industria y aplicación de sus habitantes, por la fiesta que vamos a describir.
            Es inexplicable el júbilo con que el económico y laborioso valenciano se entrega a ella, y la generosidad con que consume en tres días los ahorros de una anualidad de trabajo: más bien puede decirse que esta fiesta es la más propia de su carácter, y que durante ella vive en su centro, porque verdaderamente los valencianos nacieron para el bullicio y la agitación.
            El mes de mayo se aproxima, y ahora, en este mismo instante en que escribimos, el vecino de Biar ya se atormenta en discurrir sobre la fiesta venidera; ya registra el pesado arcabuz, encarga al polvorista la mecha, compra las municiones, forja los cartuchos, visita los pueblos comarcanos, convida a los amigos, va y viene a la alfarería a ver construir la cabeza de Mahoma, y espera con indecible ansiedad la llegada del diez de mayo. Las valencianas igualmente agitadas, componen sus preciosos trajes, compran las blancas y bien tejidas alpargatas, o las trabajan con sus manos, las adornan con cintas correspondientes, y al mismo tiempo preparan la cal, blanquean su curiosa morada, y para obsequiar a los futuros huéspedes hacen orejetas, almojavanas, sequillos y otros dulces caseros y tuestan cañamones y garbanzos, o los compran de los que ejercen este ramo de industria.
            Entre estas fatigas los alcanza el tiempo, y la campana de la iglesia parroquial anuncia que el momento ha llegado; la fiesta va a principiar y el vecindario dividido en dos bandos forman comparsas de moros y cristianos; cada partido elige sus jefes entre los jóvenes de las familias más notables, y la bandera de Aragón se ostenta en los balcones de la casa del capitán de cristianos, ínterin el pabellón morisco distingue la que habita el capitán sarraceno. La comparsa de árabes viste regularmente a la africana; la de cristianos usa del traje de día, llevando por toda distinción un ramo de flores en el sombrero: el alférez y el sargento visten casaca y sombrero de tres picos, distinguiéndose por vistosas bandas de seda, y el capitán se adorna con un magnífico traje a la antigua española. El primer día de fiestas es poca la concurrencia de forasteros. El clero y el ayuntamiento de Biar, seguidos del vecindario marchan a la preciosa ermita que a corta distancia del pueblo tienen dedicada a la Virgen de Gracia, patrona de la villa, y conducen la imagen en devota procesión a la iglesia parroquial. Durante la carrera las comparsas de moros y cristianos hacen salvas repetidas, disparando por parejas los sonoros arcabuces, secundados por los jefes, que llevando dos cargadores, cuyo oficio es presentarles el arcabuz ya montado, disparan continuamente. La procesión se termina, y una vistosa función de pólvora da fin a la diversión del día.
            Al amanecer del siguiente todo el pueblo se pone en movimiento. Las afanosas valencianas no descansan un instante, y apenas tienen tiempo para cumplimentar a los huéspedes que llegan, y disponerles la comida y la morada. La mañana la pasan en estas ocupaciones, al tiempo mismo que los hombres asisten a una magnífica función de iglesia, y los moros y los cristianos se divierten en pasear por las calles haciendo fuego, precedida cada comparsa de un niño vestido de ángel, que con una pequeña rodela en la mano sirve de blanco a los tiros de los jefes, dando una vuelta ligera apenas ve disparado el arcabuz. A las tres de la tarde principia la verdadera fiesta.
En medio de la plaza se levanta un castillo de madera. El pabellón aragonés tremola sobre sus almenas y la comparsa de cristianos lo guarnece para defenderlo. El numeroso concurso de vecinos y forasteros yace en el mayor silencio, y espera con afán el sonido de un clarín anuncio de la llegada del ejército morisco. Se oye por fin, y aparece un grupo de espías vestidos del modo más ridículo y asqueroso, conduciendo un compás y un telescopio, con los que aparentan practicar un reconocimiento. Los ademanes y contorsiones raras y extraordinarias de estos graciosos de la fiesta, producen en el vulgo una risa descompasada, pero en medio de ella es notable la seriedad de los espías, que trabajando por hacer reír nunca se ríen, graves hasta lo sumo trabajando por el placer ajeno, ellos se atormentan por no gozarlo.
A esta farsa de payasos sigue el alférez morisco. Montado sobre un brioso caballo y con los ojos vendados llega hasta los muros del fuerte y entrega al capitán español un pliego intimidándole la rendición. El valiente cristiano lo lee, se irrita, lo rompe y lo arroja al portador; este vuelve desesperado, y con sus ademanes de furor pone fin al primer acto.
Suena de nuevo el clarín, y el capitán sarraceno aparece en un caballo escoltado con alguna tropa: pide una conferencia al gobernador del castillo y recita en alta voz una mal forjada relación a que se da el nombre de embajada. Blasfema repetidas veces del nombre de la virgen, y concluye ordenando la rendición de la plaza. El valeroso cristiano le responde de un modo análogo, y proclama con frecuencia el nombre de María, que el pueblo repite lleno de entusiasmo. Los españoles no quieren rendirse, el moro se irrita y ordena el asalto. La plaza se inunda de guerreros; los cristianos son vencidos, el castillo es tomado y abatida la bandera de la cruz, se levanta en su lugar la triunfante media luna. El fuego cesa, y los árabes se complacen en la victoria, entregándose los espías a los gozos de la embriaguez.
Más el árabe feroz aun no está satisfecho; ha vencido a los cristianos, quiere insultar al cristianismo, Mahoma va a ser conducido a la plaza expugnada, y la comparsa morisca marcha en su busca. Se oye una desagradable música, y en un carro de triunfo llega Mahoma festejado por los espías. El célebre profeta viene representado por un viejo pantalón y una desgarrada chaqueta henchida de paja; su cabeza que es de barro va llena de pólvora llevando en la boca un cigarro, que debe servir para terminar la función del día siguiente. Mahoma es subido al castillo entre las más ridículas demostraciones de alegría, y atado a un palo queda patente el pueblo en una de sus almenas.
Terminada la escena, el pueblo se divide para entregarse a los bailes, y vista por la noche una fiesta de pólvora se preparada con el descanso para las diversiones del día siguiente.
Llegado este se pasa la mañana en las mismas ocupaciones que la anterior; pero a las tres de la tarde la escena pasa de un modo enteramente contrario. Los árabes guarnecen el fuerte; el concurso es el mismo, pero los vecinos de cada pueblo ocupan un lugar diferente. Los de Biar y algunos otros se esparcen indistintamente por los costados de la plaza; los de Villena se colocan a la derecha del castillo, la izquierda está ocupada por los de Castalla. El ejército español da el ataque; su capitán recita la embajada recopilando las glorias del país, y resistiéndose a los moros a la entrega, se ordena el asalto. El castillo es vencido; sus defensores huyen, y los jefes de ambos bandos se baten cuerpo a cuerpo en la última plaza.  Ínterin cristianos rinden a los moros, uno de los espías enciende el cigarro que Mahoma tenía en la boca, y todo el concurso volviendo la espalda al castillo, bajando la cabeza, y presentando las asentaderas al profeta, espera temeroso el momento fatal. El fuego del cigarro comunica a la pólvora, la cabeza reviente con el mayor estrépito, y los casos vuelan causando algunas desgracias.
Inmediatamente sufre el castillo un segundo ataque, los vecinos de Villena y Castalla se arrojan a él; desatan los restos de Mahoma, y asidos a ellos se disputan la honra de llevárselo. Vencen los de Villena, así por su mayor número, como por la protección que les dispensan los de Biar, y llenos de gozo arrastran los restos del profeta por el camino de su pueblo. Biar, entre tanto, varía de aspecto, y el pueblo devoto se reúne en la iglesia para conducir a su ermita la imagen de la patrona entre las salvas de los moros y cristianos, y se ve con alegría la última diversión de pólvora, que le avisa el fin de fiestas, y le condena a la fatiga y al trabajo.
Las graciosas valencianas, limpias cual siempre lo fueron, y hermosas como las georgianas, son en tales días el adorno principal de las bulliciosas fiestas. El tamboril y la dulzaina las llama a sus placeres propios, y entre el entusiasmo de las danzas, solo piensan en hacerse amables a sus amantes, y en alguna de ellas con poco miramiento de su religión cristiana en complacer y agradar a un feroz y barbudo moro.”
N.B.S.


Conclusión tras su lectura

El artículo está escrito el 5-5-1839, lo que se cuenta debe corresponder, como mínimo al año de antes, o sea 1838.
Nos dice que suben los de Villena y los de Castalla; y que son los de Villena los que se llevan los restos que quedan de la efigie de Mahoma.
¿Para qué se los llevan?, imagino que para hacer fiestas de moros y cristianos en Villena. 
Por consiguiente, si eso era así, llegamos a la conclusión numérica de que, por lo menos, en 1838  los de Villena, en mayo ya subían a Biar, lo que nos hace pensar que en Villena en 1837 ya se realizaba este tipo de fiestas.
Deduzco por tanto, que la celebración de las fiestas de Moros y Cristianos en Villena, tiene una antigüedad mínima de 179 años.

Villena, a 22 de mayo de 2017
Chimo Sánchez


1 comentario:

Tony Hernández dijo...


Hola Chimo:

Probablemente, casi sin proponértelo, te has aproximado con gran exactitud a cuando surgieron las Fiestas de Moros y Cristianos en Villena.
Felicidades por tu extraordinario trabajo y te deseo que sigas en esta línea de trabajo tan estupenda.
Un Abrazo,