Páginas

Villena 1895 - Crónica en el libro "VIAJE POR ESPAÑA", por Julio de Vargas, enviado "El Liberal"

VIAJE POR ESPAÑA, por Julio de  Vargas , Alicante-Murcia
Editado en Madrid en 1895 en el establecimiento tipográfico de El Liberal

Los relatos escritos en el libro están  relacionados con un viaje que realizan en tren, desde Alicante a Villena, miembros de la publicación "El Liberal", con el fin de realizar un reportaje sobre los cultivos de la vid y conocer sobre el terreno, los perjuicios que estaba ocasionando a Villena la crisis vinícola.
Asimismo dan buena cuenta de la estupenda acogida que les dispensaron en las casas que visitaron y ofrecen detalles muy curiosos de la época y por supuesto de Villena, muy interesantes de conocer, como pueden ser unos comentarios interesantísimos sobre la figura del Maestro Chapí.

De dicho libro vamos a resaltar dos capítulos, muy importantes para conocer mejor la influencia que en aquellos años tuvo en nuestra región y especialmente en Villena, el cultivo de la vid, su elaboración y comercialización, tanto nacional como extranjera.



El primer capítulo se titula “La crisis vinícola” y dice así :

He aquí una cuestión que, si fuese lícito tratarla con ligereza impropia de su importancia, podría decirse de ella que se le ha subido a la cabeza a la provincia de Alicante.
Porque, en efecto, marea, desvanece la comparación entre lo que en asunto de tal interés ocurre en la actualidad con lo que ocurría hasta hace dos años.
Un solo dato bastará para que el más indeferente, el menos aficionado a este género de problemas agrícolas mercantiles, establezca la comparación y deduzca de ella las naturales consecuencias.
Por el puerto se ha llegado a exportar por término medio y en cifra redonda hasta 400.000 pipas de vino: en estos dos últimos años la exportación ha oscilado entre 50 y 60.000 pipas, es decir, que ha quedado reducida la demanda, por aquel concepto, a una octava parte de la producción.
No puede darse en menor número de palabras dato más verídico, ni más desconsolador al mismo tiempo.
  
Alicante ha tenido desde muy antiguo, dentro y fuera de España, merecida fama por sus excelentes vinos. En no pequeño número de comedias de nuestras celebridades del siglo XVII; en muchas de las novelas caballerescas de nuestros escritores contemporáneos; en no pocos de los relatos hechos –y transmitidos a los actuales tiempos—de la vida aventurera de los españoles en Francia, en Italia y en Flandes, se cita, como accesorio ineludible, el vino de esta tierra, de igual modo que solemos citar en época que corremos el Burdeos, el Borgoña o el Rhín, como suprema expresión de las bebidas más recomendables. Esto sin contar con que para obtener la prueba de mi primitiva afirmación, basta conocer un poco la historia agrícola de esta provincia, sin necesidad de recurrir al testimonio de crónicas y comedias más o menos fantásticas y literarias.
Pero, en verdad, el desarrollo en proporciones considerables de ese ramo de producción –que representa casi el 75%de toda la que ofrece el privilegiado suelo de esta provincia en sus variadas y ricas manifestaciones no se observó hasta que empezó a regir nuestro último Tratado con Francia; y durante aquellos diez años de prosperidad, indiscutible para la generalidad de nuestro comercio, las facilidades que ofrecía aquel régimen arancelario y la demanda extraordinaria de vinos españoles, exigidas por las necesidades circunstanciales del país vecino, abrieron ancho campo a la iniciativa, a la actividad y a la legítima aspiración de lucro de los agricultores de ésta y de todas las comarcas vitícolas de la Península.

Sucedió, por consiguiente, lo que en otras muchas partes en la provincia de Alicante.
Ocurrió, por ejemplo, que el agricultor que poseía mil cepas, que le producían igual número de cántaras y que por la repentina elevación de los precios las vendía, por término medio, en 15.000 reales, aspiraba a ensanchar su propiedad para dedicarla al cultivo de una producción de tan segura y pingüe salida; y si tenía almendros los derribaba, y si poseía olivos los convertía en leña, con el afán de plantar vides, que le reportaba mayor beneficio en menor tiempo y a costa quizás de menos cuidados.

Así, para esa especie de vértigo viticultor, el término de Villena –que merece ser citado especialmente- produjo y sigue produciendo millón y medio de cántaras de vino, que en los buenos tiempos de la exportación se vendían a duro la cántara; es decir, que cada cosecha representaba transacciones por la relativamente enorme suma de treinta millones de reales.

Se había convertido, por consecuencia, el Tratado con Francia en un verdadero río de oro que inundaba a toda la provincia, haciendo que esta última –con su capital a la cabeza- ganase en solo diez, cincuenta años en cultura, en prosperidad y en ventajas materiales, al amparo de aquel beneficioso régimen arancelario.

La fortuna, cuando distribuye a todos por igual sus favores, establece leyes inflexibles que tienen engranaje racional y desenvolvimiento lógico.

El agricultor que paulatinamente va enriqueciéndose, extiende su propiedad, restaura su casa, edifica bodegas y adquiere nuevas fincas; el extractor aumenta el tráfico, promueve la exportación y aporta capitales; el exportador crea Sociedades, pone en movimiento numerosas industrias auxiliares del negocio principal, propaga los medios de transporte, levanta almacenes, fomenta el movimiento marítimo y se rodea de comisionistas que vienen a traerle el capital extranjero; y todos pagan y gasta y cambian favorablemente las condiciones de su vida material; y circula el dinero del rico al pobre y del comerciante al obrero, y las aldeas se convierten en ciudades, y las ciudades transforman sus viviendas en palacios.

Eso es lo que ha sucedido en casi toda la provincia de Alicante; y habríase podido decir en toda ella, si Denia y los demás pueblos de la marina, consagrados a la fabricación de sus afamadas pasas, no hubiesen continuado inalterablemente su lucrativa industria, que constituye un ramo importantísimo de exportación a Inglaterra, y quizás, quizás a alguna de las mismas provincias españolas.

Excepción hecha, por consiguiente, de esos pueblos, en los demás, el periodo de exportación improvisó grandes fortunas; agricultores hubo –y existen- que con un capital de tres o cuatro mil duros llegaron a elevarlo a cuarenta, sesenta y hasta cien mil; de algún me consta que habiendo emprendido sus negocios con veinte mil duros, cuenta hoy con un capital que excede de dos millones de pesetas, caso que, en condiciones análogas, es aplicable a la casa exportadora de D. Luis Penalva, que tiene, sólo en el término de Villena, propiedades y edificios valorados en más de un millón de pesetas.

Alicante –la capital- era la que más debía ganar y ganó, en efecto, por consecuencia de aquel poderoso movimiento de intereses.

Hubo trabajo bien retribuido para todo el que lo solicitaba; se desarrollaron y florecieron todas las artes mecánicas; se ensanchó la población, extendiéndose por los modernos y extensos barrios de San Fernando y Benalúa; se hermoseó la ciudad con nuevos y elegantes edificios, y el comercio y la industria y las clases todas, en la natural proporción, tocaron rápidamente los beneficios de aquel conjunto de venturosas prosperidades; hasta el concepto social influyó poderosamente aquel estado de cosas.
El obrero, metamorfoseado en burgués, se consideró con derecho –y le tenía. En efecto- para que al mejorar sus condiciones de vida, se transformasen también en igual sentido las de sus hijos; y puso en carrera a los varones y educó esmeradamente a las hembras, entre las cuales hay muchas que al presentarse en público en nada se diferencian de las más distinguidas señoritas, y al regresar a sus casas entretienen sus ocios reproduciendo en el piano las sublimes inspiraciones de Haydn, Beethoven o Bellini.

            Favoreció, además, el desarrollo de los intereses materiales de esta capital, la concurrencia de extranjeros –especialmente de franceses- que, en representación de casas acaudaladas de su país, se establecían en Alicante para explotar el negocio de los vinos.

Casi todos aquellos comisionistas se instalaban con cierto confort rayano del lujo; hacían que les colocasen el teléfono en sus respectivas habitaciones, gastaban alegremente su dinero en círculo, espectáculos y cafés, y tenían a su disposición faetones o charretes, que ocupaban llevando siempre al lado damas en que el exagerado Niniche, sobrecargado de plumas y el llamativo traje, traducido libremente del último figurín parisién, atraían las miradas y provocaban las sonrisas maliciosas de los curiosos.

            Diez años más de Tratado con Francia, y Alicante hubiera podido ensolar con luises de oro su magnífico paseo de la Explanada.
  
            Pero, desgraciadamente, no ha sucedido así; concluyó el Tratado, y por causas de todos conocidas –de que no tengo para qué ocuparme- Francia elevó considerablemente sus tarifas, dificultando la importación de nuestros vinos, que por otra parte, le eran ya mucho menos necesarios que en los años anteriores.

            Y sobrevino lo que era inevitable: que el agricultor y los extractores y las casas exportadoras habían invertido en tierras, bodegas, edificios y materiales exclusivamente aplicables al negocio de los vinos, la casi totalidad de las ganancias obtenidas; que se paralizó el tráfico y con él la generalidad de los trabajos; que no ha vuelto a verse anclados en el puerto treinta vapores, como se vio con frecuencia en otras épocas, y que muchas bodegas, repletas todavía con la cosecha anterior, no tienen donde hacer hueco a la que se está recolectando.

            Y resulta más, y es que se paga a 37 céntimos la arroba de uva, que se pagaba a ocho o nueve reales, y que muchos cosecheros se considerarían dichosos si encontrasen comprador que les ofreciese tres reales por la arroba de vino, y eso que este año se nota cierta tendencia a mejorar los precios.

En resumen: que la denuncia del Tratado, la abundancia de producción, la escasez de la demanda y hasta el impuesto de consumos, que en Alicante grava con ocho reales y medio la arroba de vino, y anula, por lo tanto el mercado de la capital, han asolado al campo y a la ciudad, han  empequeñecido muchas fortunas y han reducido a la miseria a considerable número de familias.

¿Tiene esta situación del momento algún remedio eficaz en lo porvenir?
Hay aquí personas inteligentes en la materia, que abrigan algunas esperanzas en sentido afirmativo.

Suponen que las corrientes proteccionistas en Francia van debilitándose y que concluirán por adaptarse a soluciones arancelarias razonables.

Piensan que Francia, que no puede recurrir a Portugal porque la filoxera ha destruido sus viñedos, ni a Italia, para cuyos vinos ha establecido tarifas casi prohibitivas, habrá de acudir a España cuando agote la producción de sus provincias del Mediodía, si en París ha de beberse vino sin mezcla de agua, cuando está ordenado terminantemente.

Y calcula, por último, que produciendo Francia de 35 a 36 millones de hectólitros –de los cuales exporta próximamente tres- y necesitando para su consumo unos 40 millones, precisamente ha de buscar fuera- y más racionalmente en España –los seis o siete millones de hectólitros que le hacen falta, sobre todo este año en que su cosecha ha resultado muy deficiente.

Conclusiones: que los alicantinos, activos, inteligentes, trabajadores, con poderosos elementos de riqueza y con espíritu de perseverancia inquebrantable, tienen que fiarlo todo a la Providencia, mientras no se realizan estos dos grandes ideales.
-          Un tratado razonable con Francia.
-          Una modificación beneficiosa en el impuesto de consumos.

           El siguiente artículo lleva por título “VILLENA, ESPERANZAS DE SALVACIÓN” y también está relacionado con el tema anterior, complementándose con la excelente acogida que, varias personas y familias villenenses, dispensan a los periodistas de 
El Liberal.

            Dado el excelente valor histórico, reproducimos el texto completo de dicho artículo:

             Salimos de Alicante: Marchaba el tren hacia el interior, y volviendo grupas a la costa con dirección a Madrid, haciéndome imaginar a intervalos que el enojoso efecto de la recientísima separación de buenos y cariñosos amigos iba a compensarse con el regreso a mi hogar, a mis afectos y a mis deberes cortesanos: me hallaba en aquellos momentos de manera semejante a como dícese que se encuentra el sepulcro de Mahoma: suspendido entre dos imanes.

            En San Vicente, primera de las estaciones, entró en el departamento que ocupaba el joven profesor de química D. José Soler, hijo del reputado catedrático que fue de la Universidad Central, establecido como farmacéutico actualmente en Alicante. Dirigíase a Madrid el Sr. Soler; enteróse de que yo marchaba a Villena y quiso hacerme gratas aquellas tres horas de viaje, favoreciéndome con su amena conversación y su agradable compañía.

            El encuentro no podía ser para mí más afortunado; yo me dirigía a esta población atraído por su importancia, por el contraste de sus desdichas de hoy con su prosperidad de ayer, para cerciorarme por mí mismo de los incalculables perjuicios que la crisis vinícola produce a este feracísimo término, y con objeto, en fin, de conocer con exactitud los resultados de una tentativa industrial que envuelve un problema científico de trascendentalísima importancia para las comarcas en que la vid constituye el principal de los cultivos. Sabía, por último, que el Sr. Soler tenía la dirección técnica, en los aspectos analítico y experimental, de asunto de tal interés, y por consecuencia, sus explicaciones en aquel momento habían de ser para mí verdaderamente inapreciables.

            En una de mis primeras correspondencias cité, de pasada, el nombre de D. Luis Penalva, personificación de una acaudalada casa exportadora de vinos y hombre de grandes iniciativas mercantiles.

            Penalva, que en esta comarca tiene y representa cuantiosos intereses; que es propietario en las inmediaciones de Villena de una hermosa posesión; que siente por éste y por los pueblos limítrofes el vivísimo afecto que inspiran los infortunios que se suceden repentinamente a las prosperidades, y que ve con dolor –independientemente de su propio interés, de todo punto legítimo- la ruina que amenaza a estos agricultores, ha concebido el pensamiento y ha comenzado a llevarlo a la práctica de obtener azúcar de uva, nueva glucosa que llevaría sobre las diversas de procedencia industrial generalmente utilizadas, ventajas inmensas, y que daría seguro empleo, en condiciones soportables para el agricultor, a la excesiva producción actual de aquella primera materia.

            Asociado para dicha empresa a Mr. Moullé, Jeune, de París, que representa con dicha razón social a una importante casa exportadora propietaria en Villena de una magnífica bodega y que tiene sucursales en Burdeos, Haro, Benicarló, Castalla, Criptana y Alicante, el Sr. Penalva, perseverando en su pensamiento y de acuerdo con dicha casa, unida también a la de Barbiére, de París, confió los experimentos químicos al Sr. Soler y la parte mecánica, es decir, la instalación y dirección de los aparatos a Mr. Francis Balme, director de la fábrica de azúcares de remolacha que el doctor Creus tiene en Granada.

            En el mes de septiembre comenzó los ensayos el Sr. Soler, con la intervención de su señor padre y el consejo del respetable químico de Madrid, Sr. Utor, y bajo la alta inspección de Mr. Durin, de París, eminencia científica que ha hecho estudios especiales y notabilísimos respecto de la producción de azúcares.

            La lucha ha sido empeñada; los gastos realizados para aquellos primeros experimentos han excedido de ocho mil duros y los resultados –químicamente considerados- han sido completos, si bien desde el punto de vista práctico dejan todavía algo que desear, por la deficiencia de los aparatos empleados hasta ahora y que son semejantes a los que se aplican a otras industrias.

            El que ha servido expresamente para estos ensayos, y que resulta el mejor de todos –aunque imperfecto todavía- es el construido por la casa Cail de París, con arreglo a los planos del ingeniero francés Mr. Fontainelles.

            El problema está reducido en estos momentos a construir un aparato que a los 60 grados de temperatura, y en el vacío, produzca la concentración de los jarabes perfectamente decorados y separados de toda otra substancia distinta del azúcar y del agua. Se trata, por consiguiente, de que a la solución química –que ha resultado perfecta- acompañe la solución mecánica, considerada generalmente como empresa verdaderamente sencilla y perfectamente realizable.

            Sí, como todo hace esperar, la ciencia consigue ese nuevo triunfo, la sociedad explotadora propónese la fabricación en tan gran escala, cuanto que se compromete producir anualmente 50.000 hectólitros de glucosa, que representarían unos veinte millones de kilogramos de uva, calculando que esta materia contiene, por término medio, un 24% de azúcar, obteniendo al mismo tiempo los productos que la son complementarios, como el ácido tártrico, el tanino y las materias colorantes.

            Son incalculables los beneficios que esa victoria científica definitiva habría de reportar a todas las industrias que tienen por base la utilización de glucosas, y sobre todo, a las comarcas vinícolas donde, como en Villena y Yecla –por ejemplo- el cultivo de la vid es tan extenso, que ofrece un exceso de producción considerable con relación a la demanda. Desde luego, aquellas industrias contarían con una glucosa que constituiría el 89% de sus componentes naturales, mientras que las utilizadas en la actualidad no exceden del 69%, a precios mucho más reducidos de una pureza indiscutible y sin el peligro de contener substancias nocivas, como puede ocurrir con algunas de las glucosas industriales que ahora representan en el mercado un importante e ineludible artículo de comercio.

            En el otro aspecto no hay para que esforzarse en demostrar los beneficios que la producción de azúcar de uva reportaría.

            En Villena –puesto que de Villena me ocupo en primer término- el brusco e inopinado descenso en los precios de venta-que para la generalidad de los cosecheros no son, desde hace dos años, precios remuneradores- ha producido tan violento desequilibrio, que apenas podrá registrarse algún caso muy excepcional de agricultor que no tenga comprometida seriamente su fortuna. La mayoría de ellos han tenido necesidad de apelar al crédito; muchos viven ya entre las garras de la usura y no pocos han experimentado la pena de ver pasar sus propiedades a manos extrañas, sin que estas mismas deseen  retenerlas, aunque las obtuvieron a precio muy inferior al que tenían cuando sus dueños –fiados en los años de prosperidad- pedían dinero a préstamo para mejorarlas.

             Esta penosísima situación, con la amenaza del tributo ideado por el Sr. Gamazo, con las patentes de alcoholes, con un encabezamiento por consumos que excede con mucho del que le corresponde, con contribuciones superiores a sus medios productivos, sin mercado para sus vinos y con la paralización en todos los órdenes del trabajo que ha ocasionado la falta de tráfico en el ramo principal de su riqueza, Villena-que reunía todos los elementos necesarios para gozar un estado próspero y floreciente-es una ciudad totalmente arruinada, que no se muere materialmente de hambre, gracias a la fertilidad de su huerta y merced a la riqueza de sus aguas, que permite aplicar a diversos cultivos terrenos abandonados hasta ahora como improductivos eriales.

            Después de trazado este cuadro, cuyos colores están tomados del natural, se comprenderá todo lo beneficioso que para Villena sería que los Sres. Penalva y Moullé resolvieses satisfactoriamente el problema industrial de la fabricación de los azúcares de uva.

            La acogida que en Villena se ha dispensado a los representantes de El Liberal  ha sido de tal naturaleza, que no encuentro palabras con qué expresarla ni demostraciones suficientemente cariñosas con qué agradecerla.

            Al apearnos del tren fuimos recibidos por el Sr. D. José Tomás Requena –persona estimadísima en esta ciudad- que tiene la representación de la casa Moullé, Jeune, de París, y que durante nuestra permanencia en Villena puede decirse que ni nos hs abandonado un momento, ni ha dejado en todos ellos de colmarnos de atenciones.

            Con él visitamos ayer por la mañana la magnífica bodega de que como representante está encargado, soberbio edificio montado con arreglo a los procedimientos más perfectos para la elaboración de los vinos, la del Sr. D. Pedro Conesa, también notabilísima, y en la que fuimos cariñosamente atendidos por D. José Hernández, socio de dicho señor, y la de D. Federico Bonastre, más reducida que las anteriores, pero asimismo excelentemente acondicionada para el uso a que se la destina. Dolor causa ver tan hermosos establecimientos reducidos casi a la inactividad, cuando hace no más de dos o tres años eran centros de pasmosa producción y de vertiginoso trabajo.

            Por la tarde, el Sr. Requena tuvo la bondad de ponernos en relación con gran número de las personas más visibles y de mayor arraigo en Villena, muchas de las cuales se sirvieron acompañarnos en una rápida visita hecha a los dos Casinos de la ciudad, a los riquísimos manantiales que brotan en el mismo centro de ella y que la surten abundantemente de aguas potables, al hermoso templo de Santiago, a la casa en que nació y en que reside cuando viene el insigne Chapí, al edificio en que se hallan instalados el Ayuntamiento, el juzgado, la cárcel y las escuelas públicas, y a otros diversos lugares, en fin, dignamente de ser conocidos.

            Durante toda la excursión se nos dirigieron a Lázaro y a mí excitaciones apremiantes para que El Liberal haga comprender a los poderes públicos la aflictiva situación que atraviesa Villena, a fin de que procure suavizarla en cuanto a su esfera de acción corresponda.

            Nosotros, a nombre de El Liberal, contrajimos gustosísimos aquel compromiso y el poner de relieve, siempre que fuere necesario, los males que a Villena afligen y los remedios que, a juicio de su vecindario, podrían aplicarse para remediarlos.

            Las horas transcurridas desde las nueve hasta las doce de la noche fueron para nosotros deliciosas: las pasamos en casa del Sr. Requena, en unión de su amable esposa, de sus lindas hijas y de otros varios individuos de tan estimable familia.

            El objeto de esta reunión íntima fue el de hacer un poco de música, y en verdad que no sospechábamos la sorpresa que nuestra suerte nos reservaba.

            Entre los concurrentes a aquella íntima fiesta de familia se hallaban la señora doña Lura Esteve y su esposo, señor Caravaca, excelente barítono este último y contralto notabilísima –sin la menor hipérbole-la primera, además de consumada pianista.

            La señora de Caravaca nos hizo oír su magnífica voz, subordinada a una escuela de canto irreprochable, diferentes veces, en géneros tan diversos como la romanza, Oh, mío Fernando de La Favorita y la canción de Torear por lo fino, produciendo en nuestro espíritu verdadero arrebato.

            Es una artista digna, en su género, de figurar a la altura de Chapí –esa otra eminencia del arte patrio- y que quién sabe si algún día podrán aplaudir críticos mucho más inteligentes que los que anoche formaban el auditorio extraño a la familia del Sr. Requena.

Sería una conquista inapreciable para la escena lírica española.


            A la mañana siguiente, los corresponsales de El Liberal salieron de Villena, siendo despedidos en la estación de la V.A.Y. por muchos y buenos amigos. Tomaron el tren Chicharra, comentando sus bonitos carruajes. Llegaron a Bañeras, donde en su estación les aguardaba un  coche que los transportaría a Bañeras y posteriormente a Alcoy, pero esto ya es otra historia que también se refleja en el citado libro.

Transcripción realizada por Joaquín Sánchez y las fotos expuestas son del archivo de Veliusycia.

















No hay comentarios: