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El párroco Azorín - Villena


En Villena, entre la avenida de la Corredera y la calle Ramón y Cajal figura una calle denominada Párroco Azorín, como recuerdo de un gran sacerdote que estuvo en Santiago, como ecónomo, cura propio y arcipreste de Villena y Almansa.

Dicho sacerdote falleció en Villena el viernes, 27 de febrero de 1915, a los 61 años de edad, siendo cura propio de “Santiago de Villena” y Arcipreste de Villena y Almansa.

Primeramente, relataremos sus datos biográficos y a continuación el entierro del citado, que supuso una gran manifestación de duelo por parte de la ciudadanía villenense y finalizaremos con las palabras de despedida que le tributó la vecina ciudad de Yecla. Continuaremos con su llegada a Yecla  y la despedida que allí se le tributó.

Don Francisco Azorín Bautista nació en Yecla en 1853, cantó por primera vez misa en Novelda, siendo al poco tiempo nombrado Rector de Peña Rubia, pueblo de la Mancha y después coadjutor de la Purísima de Yecla. Desempeñó otro cargo eclesiástico en Blanca  y en 1905 fue nombrado ecónomo de la parroquia de Santiago de Villena. En 1908 el ayuntamiento de Villena le concedió, por unanimidad, el título de hijo adoptivo de esta ciudad y en 1913 se le concedió en propiedad el cargo que desempeñaba en la misma.
Su excesiva modestia y humildad le hicieron rechazar cargos más encumbrados, como el de canónigo de una de las catedrales de Madrid, Valencia o Toledo, le ofreciera un Magistrado del Tribunal Supremo, próximo pariente suyo.
Sus obras de caridad y filantropía fueron muy numerosas; a sus expensas se levantaron iglesias en poblados donde no existían, como fue en La Encina y en La Zafra; escuelas en donde se instruían y educaban a multitud de nichos, como las del Calvario  y la parroquial de Villena y otras de diversa índole.
En el orden moral, don Francisco fue el hombre-verdad y en aquella sociedad en la que su alma había sembrado las preciadas flores de sus heroicas virtudes, tirios y troyanos le respetaron, le amaron, le idolatraron, porque la avasalladora verdad de sus palabras y acciones eran un dique a sus pasiones.
 La vida de don Francisco Azorín ha de ser norma de conducta para los actuales y futuros ministros del cristianismo, para los pastores de almas, si quieren mantener y agrandar la autoridad moral sobre sus ovejas. Por sus grandes virtudes, su celo y su bondad, su muerte ha planteado un problema difícil de resolver, cual es la provisión del “curato” de Villena”.

El entierro en Villena

En la simpática ciudad hermana, tuvo lugar una grandiosa manifestación de duelo con motivo del fallecimiento y entierro de don Francisco Azorín, testimonio elocuente del afecto que profesaban al finado todos los hijos de la hidalga Villena.
En efecto, el día 28, en la tarde, se celebró el entierro imponente y grandioso, como si al pasar a la eternidad el hombre siempre modesto, el bueno, el santo, Dios hubiese querido se honrara su memoria con tanto esplendor como humildad y modestia tuvo en su vida el finado.
Formaban parte del cortejo las cruces parroquiales, los estandartes y banderas de todas las cofradías y hermandades, y distinguidas señoras y encantadoras señoritas, todo el bello sexo villenense, en una palabra, en dos largas filas con sendas luces; seguía el féretro, rodeado del clero y de los obreros de Villena, entre estos, los presidentes de las sociedades capitalistas de aquella localidad, quienes disputábanse con sus compañeros el honor de conducir sobre sus hombros el cadáver del que les había llevado, a unos el pan necesario en momentos de necesidad, a otros la calma en horas de tribulación, a aquellos el consuelo en días de dolor, a otros la orientación al camino recto cuando se apartaban de él.
Marchaba después la presidencia del duelo formada por el alcalde don José Hernández, el juez municipal don Miguel Senabre, el teniente de la guardia civil don Pedro González, el cura de Santa María don Manuel Nadal y el hermano del finado, nuestro paisano don Juan Azorín a quienes seguía el pueblo en masa, sin distinción alguna de matices políticos ni clases sociales; manifestándose en los semblantes de todos el pesar de que se hallaban embargados.

Llegada del cadáver a Yecla

     A las siete de la mañana llegó a ésta el cadáver de don Francisco Azorín, a quien acompañaron desde Villena, una comisión del ayuntamiento de aquella ciudad, el cura párroco de Santa María, el teniente de Santiago y numerosas comisiones de los centros y sociedades villenenses.
     A las nueve se organizó la comitiva, formada por los pobres del Asilo de Ancianos con las Hermanas de la Caridad y las Hermanas de San Vicente de Paul y huerfanitas acogidas en el benéfico establecimiento, el clero rodeando el féretro, que llevaban los compañeros del finado, auxiliados por los presidentes de las sociedades de Villena y sus compañeros de ésta, quienes no abandonaron un sólo momento el cadáver, hasta que se le dio sepultura; el duelo presidido por los alcaldes de Villena y Yecla, autoridades, hermanos y sobrinos del difunto y representaciones de los centros, sociedades y prensa de la lo calidad, cerrando la marcha numerosísimo acompañamiento, en medio de la cual iba la banda dirigida por don Cenón Ortuño, ejecutando escogidas marchas fúnebres, como último obsequio al yeclano ilustre con quien todos tenemos alguna deuda de gratitud.
Como Villena, todo Yecla asistió al acto, que resultó imponente y conmovedor.
Terminado este, dirigió la palabra a los acompañantes el cura párroco del Niño Jesús, quien con sentidas y elocuentes frases hizo un breve, pero cumplido elogio del inolvidable don Francisco, solicitando de nuestro alcalde que, para perpetuar la memoria del benemérito yeclano, se diese su nombre a una calle o plaza de esta ciudad y se coloque en la designada una lápida u otro monumento conmemorativo.
Habló luego el alcalde de Villena don José Hernández, afirmando con palabras sentidísimas y hermosas que, de hoy en adelante, la amistad que unía a las dos ciudades hermanas, será más estrecha e indisoluble, pues como lazo que no podrá ser desatado, el nombre de don Francisco Azorín  irá siempre asociado en la memoria de los hijos  de Villena, al de Yecla; siendo calurosamente elogiado.
De igual modo perdurará en la memoria de todo buen yeclano la manera que Villena ha tenido de honrar a uno de nuestros paisanos más queridos y, cuando recordemos a aquel que supo hacerse acreedor a nuestra gratitud eterna, irá con esta la que, por afecto  y por deber, profesamos a los nobles hijos de nuestra hermosa ciudad hermana, tanto más sincera, cuanto más difícil de expresarla cumplidamente.
Descanse en paz el santo, gracias Villena.

Este extenso relato fue publicado en Juventud de Yecla, nº 33 del 7 de marzo de 1915, indicando que las noticias concernientes al entierro en Villena fueron facilitadas por el colaborador Antonio Palao Azorín.
Para finalizar este extenso artículo, hemos considerado de interés recordar el apartado que los villenenses Alfredo Rojas y Vicente Prats dedicaron al Párroco Azorín en su libro De Villena y los villeneros, publicado en el 2002.

Su crónica dice así:

“Del Párroco Azorín” se llama la calle que corre desde Ramón y Cajal a la Corredera. La mitad der uno de sus lados constituye la fachada noroeste de la iglesia arciprestal de Santiago, donde Azorín fue cura ecónomo en 1905 y párroco más tarde hasta su fallecimiento, ocurrido en febrero de 1915.
Diez años solamente bastaron, y aun sobraron para que el párroco Azorín se granjeara no solamente la consideración y la estima de los villenenses, sino la bienquerencia de todos ellos, sin distinción de ideas, clases, edades, ni sexos, dice el acta municipal donde se dictamina su nombramiento como Hijo Adoptivo de Villena…
El ayuntamiento local, a la vista de sus indudables méritos, le nombró Hijo Adoptivo en la sesión  del 15 de mayo de 1908, haciéndose intérprete fiel de los sentimientos del vecindario…
Era alcalde entonces Salvador Amorós Martínez  y firmaron el acta, junto a él, los ediles José Hernández Hurtado, Antonio Cerdán Gómez, Antonio Hernández Millán, Pedro Cerdán Martínez, Miguel Esquembre Fita y Federico Galbis Tarruella.


Para finalizar, deseo agradecer a Juan Mª Milán Orgiler, el que me haya facilitado la información necesaria para realizar esta crónica.
Joaquín Sánchez Huesca

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