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Villena y el príncipe don Juan Manuel, por José María Soler García, cronista de la ciudad - textos escritos en el año 1952


Villena y el príncipe don Juan Manuel, por José María Soler García, cronista de la ciudad

En el escudo de la ciudad de Villena, al lado de castillos, pinos y peces alusivos a geográficas circunstancias de su territorio, existen dos cuarteles en los que figura el león de gules del emblema real castellano y un áureo dextrocero alado en campo encarnado. Son las armas del insigne escritor don Juan Manuel, uno de los creadores de la prosa literaria castellana, de cuya turbulenta presencia en los acontecimientos políticos de la décimo cuarta centuria están llenas de historia.

Nieto de San Fernando y sobrino de Alfonso X el Sabio, fue hijo del infante don Manuel, por lo que algunos lo llaman también, equivocadamente, infante. De su padre heredó el Señorío de Villena, sublimado en su honor a la dignidad de principado por el monarca aragonés Alfonso IV en 1333, y elevado de nuevo a ducado por Pedro IV en 1336.

Dueño y señor del poderoso estado de Villena, que abarcaba gran parte de la actual provincia de Albacete, casi toda la de Alicante y algunos lugares de las de Murcia y Valencia, y poseedor también de importantes fortalezas en el corazón de Castilla, no es de extrañar que el linajudo prócer estuviese en disposición de poner en pie de guerra nutridos ejércitos con que poder jaquear a cuatro monarcas consecutivos.

Mas los de aquí nos importa no son sus acciones políticas, con ser tan interesantes, ni aun su genial obra literaria, universalmente conocida y admirada. Es su manifiesta predilección por la capitalidad de sus estados levantinos lo que nos interesa señalar en este lugar.

Heredada tal vez de su padre el infante, tenía don Juan Manuel una vivísima afición al deporte de la caza, común, por otra parte, a casi todos los prohombres de su época. Y Villena era por aquel entonces un verdadero paraíso cinegético. El mismo nos lo dice con aquella prosa ingenua y reiterativa a la vez que expresiva y jugosa:

 “Et Villena ay mejor lugar de todas las caças que en todo el Regno de Murcia. Et aun dize don Johan que pocos lugares vio él nunca tan bueno de todas las caças, ca de çima del alcáçar verá omne caçar garças e ánades e gruas de falconese con açores, e perdices e codornices; e a otras llaman flamenques, que son fermosas aves e muy ligeras para caçar, sinon porque son muy graves de sacare del agua, ca nunca están sinon en muy grant laguna de agua salada, e liebres e conejos. Otrosí del alcaçar mismo verán correr montes de javalis e de çiervos e de cabras montesas. Et dize don Johan que todas estas caças fizo él yendo a ojo del alcáçar podían muy bien conocer por cara el que ante llegaba a él. Et dize que sinon porque ay muchas águilas e que, a lugares, en la huerta ay muy malos pasos, que él diría que era el mejor lugar de caça que él nunca viera”.

            A través de estos párrafos, no es difícil imaginarse al ilustre escritor arremetiendo gallardamente contra las montaraces alimañas de la sierra de la villa ante los ojos atónitos de su futura esposa, la tierna y enfermiza doña Constanza, angustiada espectadora de la escena desde las elevadas almenas del castillo villenense. La malograda infanta, hija del monarca aragonés Jaime II, fue depositada a la edad de once años en el referido castillo, el más importante de los que su prometido poseía en tierra aragonesa, en espera de que alcanzase la edad apropiada para consumar el matrimonio. Circunstancia que obligó a don Juan, acuciado por su futuro suegro, a efectuar reformas en la fortaleza tendentes a aumentar sus varias veces probada capacidad defensiva.

            Muchas horas felices debió pasar don Juan Manuel en lugar tan propicio al cultivo de sus aficiones. Consta que, en 1330, cansado de la lucha que se vio obligado a sostener contra el rey castellano Alfonso XI, quien había rehusado efectuar el matrimonio concertado con una hija del escritor, se retiró éste a su castillo de Villena, de donde tuvieron  que sacarle casi a la fuerza para que actuase en la lucha contra los moros granadinos, poco antes de la memorable batalla del Salado. Y como el periodo más activo de su vida literaria es el comprendido entre los años 1329 y 1335, no es aventurado suponer que muchas páginas del Libro de los Estados o del Libro de los Exemplos fuesen escritas a la sombra de los actualmente derruidos muros del alcázar villenense.

            De doña Juana Núñez, su tercera esposa, tuvo don Juan un hijo, don Fernando Manuel, que había de sucederle en la posesión de sus vastos dominios. Y en una cédula dirigida al Concejo villenense en 1331, solicitando la prestación de homenaje al sucesor, sorprendemos a don Juan Manuel una frase que demuestra, a la vez que su admirable previsión política, un profundo cariño hacia las tierras de su patrimonio. Dice así:

Et porque yo he muy grand cuidado de aquellos que yo criare poblé con grant trabajo e con grand amor que yo les he... que lo non empeorase él por la su mancebía o por malos consejeros…”

            Se nos achaca a los españoles un excesivo apego a la tradición inerte; un cómo vivir de las rentas gloriosas de nuestros antepasados que cargan de plomo las alas de los pocos que se aventuran hacia el porvenir. Mal puede suceder tal cosa en un pueblo en el que el desconocimiento histórico es superlativo. Villena, la culta y progresiva Villena ignora en absoluto a don Juan Manuel, el escritor insigne que tanto amor mostró por ella y a quién debe, más que a nadie, que su nombre fulgure en los anales patrios. Salvo la muda y arcana alusión en su blasón contenida, ni un monumento, ni una calle, ni una sencilla lápida, recuerdan a los pobladores actuales de la añeja ciudad el nombre de preclaro personaje. Y nosotros, villenenses entusiastas, nos sentimos incursos en la colectiva responsabilidad de la mañana ingratitud.

Fuente consultada: Información, 01-05-1952

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