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“Costumbres provinciales, las bodas de Villena”- Semanario Pintoresco Español, 2ª Serie, Tomo 1º, nº 34; 25-08-1839


         Prescindiendo del carácter religioso, que entre los católicos tiene el matrimonio y mirado simplemente como un contrato civil, es todavía un acto formal y respetable en todas partes, y no se encuentra pueblo alguno donde se celebre, sin que a él precedan ceremonias y preliminares que lo hagan más o menos solemne. Ya se ve; el acto de renunciar un hombre a su independencia, y a la vida placentera de festejar a las amables veleidades jovenzuelas, a las displicentes, y mal halladas viudas tempranas, y a las astutas, y experimentadas solteras por fuerza, no es una cosa que debe hacerse así como se quiera, y debe ir acompañado de cuantos preámbulos puedan acreditarlo de ser el producto de la reflexión, no obstante que muchas veces sea la prueba más positiva de locura y extravagancia. Así es, que antes de realizarse un casamiento, y de conceder a los novios la libertad de manifestación explícita y obligatoriamente su voluntad, median visitas y revisitas, pactos y contratos, y otras muchas cosas de precisa etiqueta, de que solamente las viejas casamenteras pueden dar razón. Se ven todos los entremetidos que traen y llevan, suegros que lloran, suegras que gruñen, amigos que dan, y parásitos que esperan; pero suegras que den ni las hubo, ni las hay en el mundo según la opinión del Soñador Quevedo en su romance Padre Adán no lloréis duelos.

        Sin embargo y contra los asertos del célebre escritor se ven suegras que dan en la ciudad de Villena. Un casamiento en esta población tiene más preliminares que la paz de Utrecht, más ceremonias que el entierro de un rico, más visitas que una cárcel y más vistas que un pleito perdido por un poderoso, cuyo contrario es pobre; pero en fin en medio de estas solemnidades dilatorias se encuentran suegras que den, como ya hemos dicho, y esto no es poco consuelo para los novios que esperan.

Después que una linda y robusta muchacha, ha tenido la suerte de agradar a un ágil y fornido mozo; luego que ambos a hurtadillas y aprovechando el descuido muchas veces estudiado, de una madre severa han logrado manifestarse su recíproco cariño, empieza ya la etiqueta y el mal aventurado rapaz se mira en la precisión de festejar a su amada atronando los oídos de sus vecinos con una guitarra perpetua y llenando de envidia a las que la oyen y saben que no suena para ellas. Si todas las noches no percibiese la voz de su amante que unida a la melodía del instrumento nacional la dice repetidos elogios en trovos antiguos y al son de una malagueña, la novia se tuviera por infeliz, y tal vez el amor se apagaría. Pero no sucede así, pues todos procuran contentar a sus queridas, ya por sí mismos, ya por sus amigos o valiéndose de ciegos mercenarios que son a la vez los portadores del caduceo, y los secretarios de los amantes no filarmónicos. La tolerancia de los padres de la joven a estas músicas nocturnas  suele ser un buen indicio de aprobación y el amante alentado con él implora el asenso paterno. Obtenido este, se hace de precisa necesidad el ponerse acordes ambas familias y uno de los parientes del mozo se constituye en embajador. Recibe en una junta familiar todas las instrucciones necesarias, y pasa a verse con el padre de la muchacha, y manifiesta el objeto de su visita: pondera las buenas cualidades del novio y exagera los medios con que se halla para atender a su subsistencia. Si el padre de la novia accede al casamiento, tratan desde luego sobre la cantidad y calidad de la dote que debe dar a su hija, y concluidos los tratados se concede permiso al novio para visitar la casa, y obsequiar públicamente a su amada; aplazándose a la vez el día en que se debe celebrar el casamiento. No obstante lo solemne de este acto, no constituye obligación: los padres de uno y otro pueden retractar los consentimientos, sin que por ello puedan ser reconvenidos y solo hay un pacto que ninguno se atrevería a quebrantar, luego que se realiza la petición.

Precede esta en algunos días al casamiento, pero se hace con gran pompa y con una ceremonia solemnísima. Si esta faltara, se creerían los ya velados que su matrimonio no era legítimo. Cuando llega la hora de realizar la petición, el padre de la novia convida a todos sus parientes más cercanos y a los amigos de más confianza. El del novio ejecuta lo mismo, y a la primera hora de la noche, se reúnen los convidados en la casa del que los convocó. El padre del novio, este y todos los demás del acompañamiento pasan reunidos a la casa de la novia, donde son recibidos con la mayor etiqueta, y todos toman asiento frente de las personas que se hallan en la sala. La circunspección y la gravedad reinan en el respetable concurso, y no habría ningún osado que se arriesgase a profanar la solemnidad del acto con una palabra intempestiva. Unos momentos de silencio hacen que los concurrentes se manifiesten dudosos: todos anhelan saber el objeto de la reunión y esperan con impaciencia que alguno la manifieste. Entonces, levantándose uno de los parientes del novio se dirige a los que le acompañaron y pronuncia con énfasis las palabras de la fórmula.- Señores: ¿A que somos venidos? – El padre del novio responde entre risueño y cortado.- Parece que los muchachos se quieren…y volviéndose el interrogante a la novia continua.- Señora novia: ¿Usted quiere al Señor novio?- Responde la joven llena de rubor un que apenas se percibe y luego son preguntados el novio y los padres respectivos. Cuando todos han manifestado ante el familiar congreso su aprobación al futuro enlace, se depone la gravedad, y los concurrentes se entregan a la alegría entre el refresco y el baile.

Concluye esta diversión bastante entrada la noche y la asamblea se despide para prepararse a una nueva y costosa ceremonia. Pocos días antes de celebrarse el matrimonio se obsequia a la novia con las vistas. Para estas así la familia del novio como la de la novia convidan a todos sus conocidos, y no hay uno de los convidados que no se encuentre comprometido a llevar un regalo a la novia más o menos cuantioso, en proporción de los haberes del donante, y de la clase de la regalada, pues así en Villena, como en todas partes hay la costumbre irregular de dar a los pobres poco y mucho a los ricos, cuando debiera suceder lo contrario. Pero en fin, allí dan a la novia y en proporción a su clase la enriquecen, lo que no deja de ser una ventaja, para el que va a cargar con doña Perpetua.

Cuando la noche aplazada para las vistas arriba, la novia adornada con todas sus galas se presenta a la puerta de una sala en la casa de sus padres: todos los llamados a prestarla sus obsequios se colocan separados con diferencia de sexos. La futura suegra preside la comparsa de mujeres y el novio es el conductor de la cuadrilla de hombres. La novia tiene en la mano un canastillo de mimbre, y varias mujeres situadas a su espalda la tienen prevenidos otros. Cuando toda la concurrencia está pronta, la comparsa femenina emprende la marcha, y su presidente llegando a la novia le entrega el vestido que le ha de servir para el día de la boda, diciéndola con afectada gravedad.- Tome V. y perdone V.  y responde la novia gracias, continua la procesión, precediendo las parientas más cercanas a las más remotas, y estas a las extrañas, y se suele pasar una hora, sin que se oigan más palabras que las de Tome V. y perdone V. La novia, que no se cansa de tomar y que a costa de tomar estaría concediendo perdones una semana, va entregando los canastillos a las que la sirven y estas depositan los regalos en la sala a vista de todos los concurrentes.

Luego que el bello sexo ha llenado su misión, dan principio los hombres a la ceremonia, que realizan del mismo modo y con igual cumplimiento, pero con la notable diferencia de que así como las mujeres regalan ropas, ellos entregan dinero. Acabadas todas las ofertas, toman asiento los circunstantes y las que sirvieron a la novia, en unión con algunos hombres, cuentan el importe de los regalos publicando en voz alta, para que todos se cercioren de la cuantía a que asciende esta dote adventicia de la novia.

 Pocos días después se celebra el casamiento. Los novios son conducidos a la iglesia entre varios de sus parientes, llevando las mujeres jubón, basquiña y mantilla de anascote negro, y costosos y largos rosarios; y los hombres la capa de ceremonia, aun cuando sea en lo más ardiente de la canícula, y la montera de terciopelo, tan sumamente reducida que apenas cubre un tercio de la cabeza, montera admirable, y que apenas se concibe como se sostiene y montera especial, por la que los vecinos de Villena son conocidos en toda la península. Cuando la comitiva llega a la iglesia el sacerdote les administra el sacramento y los novios, llenos de júbilo con la bendición nupcial, vuelven a la casa de la desposada entre sus acompañantes, y allí reciben millares de enhorabuenas. A las doce del día, se reúnen todos los convidados, y se les sirve una abundante comida de boda, acabada la cual desaparecen las mesas, y los ciegos, templando la mugrienta guitarra y los violines, invitan a los que ya el calor de los espirituosos vinos del país ha alterado la imaginación, a que se entreguen al baile con placer, y aun con entusiasmo. En esta alegre diversión se pasa la tarde, y a primeras horas de la noche, reponiéndose las mesas, se despide la comitiva con una magnífica mesa. Concluida ésta y la ceremonia, los novios son llevados a la habitación conyugal por los padrinos, y tal vez al verse solos dan mil gracias a Dios de que se haya acabado aquel día.

No concluye empero con esto el ritual de matrimonios: la novia permanece en su casa todos los ocho días siguientes al del casamiento, y no le es permitido salir hasta después de la tornaboda. Así se llama la ceremonia final. Al octavo día siguiente a la boda se restituye a la desposada la libertad. Su suegra, acompañada de las parientas más cercanas del novio pasa solemnemente a visitarla: la saca de su habitación, la lleva a misa, y luego a su morada, donde la obsequia con una comida igual a la del día de su boda. La misma concurrencia que en aquella, hace reinar la alegría en el banquete, baile y cena; al fin de esta, los novios son conducidos a su casa por los hombres, y se despiden de tan pesada etiqueta, llevando consigo el consuelo de verla concluir recibiendo de la suegra; cosa en verdad más que maravillosa.

Ojalá tan benéfica costumbre se hiciese general en toda España, pues sobe que los casados ganarían algo en adquirir una dote sin más trabajo, que tomar y perdonar, las suegras se acostumbrarían a dar y tal vez con ello minorarían algún tanto el odio que se las tiene.

N.B.S.

 

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