Cuando caía la tarde y terminaba la jornada en el campo o en la fábrica, para muchos villenenses el día no había concluido. Mientras otros regresaban a sus casas a descansar, ellos se dirigían a un aula. Después de ocho o diez horas de trabajo comenzaba una segunda jornada: la del esfuerzo por aprender.
Durante la década de 1950 comenzaron a implantarse en España, en diversos centros educativos, clases nocturnas dirigidas a los trabajadores que, desde muy jóvenes, se habían visto obligados a incorporarse al mundo laboral, especialmente en el sector agrícola, sin haber podido completar su formación.
A lo largo de mi vida he tenido la satisfacción de conocer a
numerosas personas que aprovecharon aquella oportunidad. Mujeres que trabajaban
como aparadoras o embaladoras en la industria del calzado llegaron a
convertirse en profesionales sanitarias e incluso obtuvieron titulaciones
universitarias. Agricultores ampliaron su formación hasta alcanzar estudios
superiores relacionados con su actividad. Empleados administrativos y
aprendices de contabilidad lograron el título de graduado mercantil y mejoraron
notablemente sus expectativas profesionales.
Podrían citarse muchos más ejemplos, pero todos ellos
conducen a la misma conclusión: la enseñanza nocturna fue una extraordinaria
herramienta de promoción personal y social. Permitió que miles de trabajadores
compatibilizaran su jornada laboral con los estudios y accedieran a una
formación que, de otro modo, les habría resultado imposible.
Gracias a ese esfuerzo, muchas personas cambiaron el rumbo de
sus vidas, mejoraron su cualificación profesional, obtuvieron titulaciones
oficiales y contribuyeron, con mayor preparación, al progreso de la sociedad.
Por ello, resulta difícil comprender que hoy puedan plantearse decisiones encaminadas a debilitar o incluso suprimir una modalidad educativa que ha demostrado, durante más de medio siglo, su enorme utilidad social.
La educación nunca debería considerarse un gasto
prescindible, sino una inversión en las personas y en el futuro colectivo.
Facilitar el acceso al conocimiento, especialmente a quienes trabajan y desean
seguir formándose, es una obligación de cualquier sociedad que aspire a ser más
libre, más justa y con mayores oportunidades para todos.
Joaquín Sánchez Huesca, 16 de julio de 2026
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