«Acerca de la enseñanza nocturna»

 Cuando caía la tarde y terminaba la jornada en el campo o en la fábrica, para muchos villenenses el día no había concluido. Mientras otros regresaban a sus casas a descansar, ellos se dirigían a un aula. Después de ocho o diez horas de trabajo comenzaba una segunda jornada: la del esfuerzo por aprender.

 Durante la década de 1950 comenzaron a implantarse en España, en diversos centros educativos, clases nocturnas dirigidas a los trabajadores que, desde muy jóvenes, se habían visto obligados a incorporarse al mundo laboral, especialmente en el sector agrícola, sin haber podido completar su formación.

 En Villena, ya en la década de 1960, esta oferta educativa se amplió con la creación de clases nocturnas de Formación Profesional en las parroquias de Santiago y Santa María, así como en el edificio de «La Sociedad», situado en la calle Hernán Cortés, sede del PSOE-UGT.

 Como hemos podido conocer recientemente gracias al testimonio del villenense José Sánchez Ferrándiz, en octubre de 1970 se puso en marcha el Bachillerato Nocturno en el Instituto de Enseñanza Media «Hermanos Amorós» de Villena.

 

A lo largo de mi vida he tenido la satisfacción de conocer a numerosas personas que aprovecharon aquella oportunidad. Mujeres que trabajaban como aparadoras o embaladoras en la industria del calzado llegaron a convertirse en profesionales sanitarias e incluso obtuvieron titulaciones universitarias. Agricultores ampliaron su formación hasta alcanzar estudios superiores relacionados con su actividad. Empleados administrativos y aprendices de contabilidad lograron el título de graduado mercantil y mejoraron notablemente sus expectativas profesionales.

 

 Podrían citarse muchos más ejemplos, pero todos ellos conducen a la misma conclusión: la enseñanza nocturna fue una extraordinaria herramienta de promoción personal y social. Permitió que miles de trabajadores compatibilizaran su jornada laboral con los estudios y accedieran a una formación que, de otro modo, les habría resultado imposible.

 

 Gracias a ese esfuerzo, muchas personas cambiaron el rumbo de sus vidas, mejoraron su cualificación profesional, obtuvieron titulaciones oficiales y contribuyeron, con mayor preparación, al progreso de la sociedad.


 Por ello, resulta difícil comprender que hoy puedan plantearse decisiones encaminadas a debilitar o incluso suprimir una modalidad educativa que ha demostrado, durante más de medio siglo, su enorme utilidad social.

 

 La educación nunca debería considerarse un gasto prescindible, sino una inversión en las personas y en el futuro colectivo. Facilitar el acceso al conocimiento, especialmente a quienes trabajan y desean seguir formándose, es una obligación de cualquier sociedad que aspire a ser más libre, más justa y con mayores oportunidades para todos.

 

 Joaquín Sánchez Huesca, 16 de julio de 2026

No hay comentarios: