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Curiosidades sobre la medida de la tahúlla en Villena


    Definición que sobre el significado de la tahúlla figura en el Diccionario villenero, escrito por José Mª Soler García en 1993.

   A continuación ofrecemos el contenido íntegro del artículo que sobre la medida de la tahúlla escribió en 1908 el maestro don José Chanzá en el semanario El Bordoño nº 85 de fecha 12-7-1908.

    Finalizaremos con otro artículo, también sobre el mismo tema, que escribió en el año 2014 don Rafael Moñino Pérez (Agente de Estensión Agraria Jubilado).
   El Señor Moñino desempeñó su trabajo durante más de 40 años en las oficinas del Servicio de Extensión Agraria en Villena. Fue una persona muy conocida, especialmente en los ambientes agrícolas, puesto que impartió en nuestra ciudad muchos cursos sobre temas agrícolas.


    “La tahúlla”

Análisis matemático de la medida la tahúlla en Villena, realizado por el maestro don José Chanzá en 1908

            Perdona, lector querido, si hoy distraigo tu atención con materia tan árida como la matemática, pero muéveme a ello un asunto muy  interesante como es determinar el valor exacto y la justa medición de la unidad agraria que se emplea en la localidad, conocida ordinariamente con el nombre de tahúlla. Esta palabra, usada solamente en el reino de Murcia, equivale allí a la sexta parte de una fanega superficial y tiene por lo tanto un valor de 11,20 áreas muy diferente de la nuestra.

            Al resolver en la  escuela de mi cargo problemas de reducción de unidades  del sistema antiguo al moderno y viceversa, cuando llegaba su turno a las agrarias, había admitido corno exacta la equivalencia generalmente empleada por los Agrimensores y aceptada por las Notarías y Registro de la Propiedad. Esta equivalencia era de 8,56 áreas u 856 metros cuadrados, valor en unidades modernas de la tahúlla.

        Llamáronme los mismos discípulos la atención sobre el hecho de que había Agrimensor  que discrepaba de esta opinión, atribuyendo a la tahúlla menos valor del generalmente aceptado. Ante tal divergencia de pareceres y por ser asunto de gran interés local, movióme a estudiarle buscando antecedentes que no existen en el Archivo municipal ni han podido proporcionarme, por ignorarlos, personas de quienes los he solicitado.

          Pero a falta de estos antecedentes, hay un testimonio vivo en el muro de la parroquial de Santiago recayente a la calle de Ramón y Cajal que puedo orientarnos y servir de guía segura en la investigación que nos proponemos. Allí sobre la piedra, se halla grabada la dimensión del lado de la tahúlla, principiando en el centro de un escudo, cerca de la esquina y siguiendo hacia la torre marcada por una serie de crucecitas hasta terminar cerca del machón de dicho muro en el centro de un cuadrado.

            Medida esta trayectoria, se ve que tiene 32 varas que arrojan en conjunto 29'2 metros de longitud, correspondiendo por lo tanto a cada una de aquellas 0,9125 metros lineales de lado. No podemos, pues, abrigar duda alguna de su autenticidad de testimonio de tal valía, por lo que sólo nos resta hacer operaciones que nos resuelvan el problema que tratamos.

            Si la tahúlla tiene de lado 32 varas lineales, estará compuesta por 1.024 varas cuadradas, resultado de multiplicar 32 por 32. Si cada vara tiene de lado 0,9125 metros, multiplicando dicha cantidad por sí misma, el producto obtenido será la equivalencia de la vara cuadrada con el metro cuadrado.

            Hecha la operación  sin despreciar ninguna cifra decimal, resulta que cada vara cuadrada es equivalente a 0,83265625 metros cuadrados y si despreciamos la cifra 5 de las diez milésimas obtenemos 0,8322.

            Ahora bien; si una vara cuadrada es igual a 0,83265625 metros cuadrados en el primer caso, o a 0,8311 metros cuadrados en el segundo, las 1.024 varas cuadradas que forman la tahúlla equivalen a 852,64 metros cuadrados y 851,70 respectivamente; y tomando un término medio para facilitar operaciones y despreciar cifras decimales, diremos que una tahúlla tiene 852 metros cuadrados, o sea 8 áreas y 52 centiáreas, que debe servir de base en las mediciones y en las reducciones legales.

            ¿De dónde parte el error al atribuir a la tahúlla mayor magnitud de la que en realidad tiene? De hacer equivocadamente la reducción. Para ello se multiplicó 1.024 varas cuadradas que tiene la tahúlla por 0,836 metros lineales de equivalencia que tiene la vara en Castilla, cometiéndose con ello dos errores: el primero dando a la vara de la tahúlla distinto valor del que tiene, que no es 0,836 sino 0,9125, y el segundo al tomar como base de equivalencia cuadrada una equivalencia lineal.

            El afán de esclarecer un punto que tanta importancia tiene en las transacciones agrícolas me ha impulsado a escribir el presente artículo, creyendo por otra parte que nadie se pueda resentir por él, pues la verdad debe resplandecer y sentando la justa equivalencia en el asunto que dilucidamos no se lastiman los intereses del comprador ni del vendedor de una finca.
            Si he cometido algún error de interpretación o de cálculo, mucho agradeceré se aduzcan razones convincentes que me saquen de él y quede resuelto de una vez el problema que nos ocupa.
  
José Chanzá
El Bordoño nº 85, 12-7-1908


“La Tahúlla” por Rafael Moñino Pérez

Las unidades de medidas agrarias antiguas, que todavía se siguen usando pese a la implantación del Sistema Métrico Decimal, difieren bastante de unas a otras regiones españolas. La tahúlla, nuestra medida local, no escapa a esta circunstancia, y en el presente trabajo vamos a tratar de saber un poco más sobre ella.

Si consultamos el Diccionario nos dirá seguramente que es una medida agraria equivalente a once áreas y dieciocho centiáreas, o sea, 1.118 metros cuadrados. También nos aclarará posiblemente que son mil seiscientas varas cuadradas castellanas en Murcia, Almería y Granada. Esta es la que podríamos llamar “tahúlla oficial”, coincidente con las once áreas y dieciocho centiáreas citadas, pero como las diferentes tahúllas que conocemos basan su superficie tomando la vara como unidad, convendrá primero decir que en nuestro entorno más próximo se conocen tres varas diferentes: La castellana citada, que mide 0’835905 metros; la valenciana, con 0’906 metros, y la del Marquesado de Villena, grabada en el muro de la Iglesia Arciprestal de esta ciudad, con 0’9125 metros.

Nuestra tahúlla, cuya superficie comparten pueblos de la Vega Baja como Orihuela, Callosa, Cox, Redován, Rojales, Jacarilla, Benejúzar y Almoradí, tiene 1.185 metros cuadrados, equivalentes a 1.696 varas cuadradas castellanas. En Cox, concretamente, 1.185’28, subdividida en 8 octavas o en 256 brazas, por lo que una octava tendría una superficie de 148’16 metros cuadrados y una braza 4’63. En el ámbito de las Pías Fundaciones del Cardenal Belluga (Dolores, San Felipe Neri, etc.), se usa la tahúlla de 1.118 m2. En cambio, en Elche y Crevillente, la tahúlla mide 953 m2., equivalentes a 1.161 varas cuadradas valencianas, resultado de la introducción del Rey Jaime II de Aragón, mediante Real Privilegio dado en Valencia el 25 de Junio de 1.308 y que derivó con el tiempo en la superficie actual.

Otras tahúllas que podemos mencionar por su relativa proximidad son las siguientes: Novelda, 1.078 m2.; Castalla, Ibi y Onil, 1.246 m2.; Tibi, 1.201; Salinas, 1.467, y Sax, 856. El caso de Villena y Benejama es curioso, pues ambas tahúllas tienen 1.024 varas cuadradas, pero como Benejama usa como patrón la vara valenciana y Villena la suya propia, resulta que la tahúlla de Villena mide 852’64 metros cuadrados y la de Benejama 840’53.

Como las curiosidades no faltan, aquí va una muestra: Dos varas castellanas, o sea 167’18 centímetros son el ancho de vía de RENFE, y si añadimos solo 1’9 milímetros a la vara de Villena nos sale exactamente la yarda inglesa, cuya longitud es de 0’9144 metros. Y como se dijo más arriba, en uno de los muros exteriores de la iglesia de Santiago de Villena está grabada treinta y dos veces, entre dos asteriscos, la vara propia, cuya suma de 29’2 metros es exactamente el lado del cuadrado de su tahúlla, o sea: 29’2 x 29’2 = 852’64 metros cuadrados.

Rafael Moñino Pérez
(Agente de Extensión Agraria jubilado)

Inicio de la temporada cinematográfica en el Teatro Chapí de Villena - Septiembre de 1931 - Detalle de las películas a proyectar

La empresa de Galipienzo gestionaba el Teatro Chapí en 1931 y en su deseo de promocionar la asistencia al cine, publicó este folleto explicativo de la gran cartelera de cine que se iba a proyectar  en el cine de dicho teatro.

La confección del programa fue realizado por la imprenta local Suc. Marcos y Vicente
















Al terminar el siglo XIX. Apuntes de viaje por Sinesio Delgado, 1897-1900, páginas dedicadas a Villena


Al terminar el siglo XIX. Apuntes de viaje por Sinesio Delgado, 1897-1900




Sinesio Delgado comenzó sus relatos de visitas a provincias por orden alfabético, de ahí que la provincia de Alicante figure en el libro en tercer lugar, tras Álava y Albacete.
            Se detalla a continuación la crónica que realizó acerca de su estancia en Villena y que figura en las páginas 39,40 y 41 del citado libro.

Tras dejar Sax entramos en Villena a eso de las seis, completamente de noche, y como la estación está en la población misma, no hay vehículo alguno a disposición de los viajeros.
Por el gusto de intentar una calaverada, desoímos las tentadoras voces del mozo de la fonda, y nos lanzamos entre la oscuridad a buscar a tientas alojamiento. Suerte fue y no pequeña, que la hospedería del Alcoyano estuviera a dos pasos del andén y a mí se me antojara fijarme en el anuncio de la fachada, porque de no haber sido así, a estas horas andaríamos todavía vagando como almas en pena ¿Qué por qué?, Ay, porque no saben ustedes bien lo que es Villena por la noche.
Después de la comida, amenizada por un famoso orador de mesa redonda, que tronó contra el Círculo de la Unión Mercantil por entregarse demasiado a la política, salimos a practicar un reconocimiento con las debidas precauciones. Eran las ocho en punto y no había un alma por las calles, lo que se dice ni un alma. Unos cuantos faroles de petróleo, excesivamente distanciados, servían para hacer creer que los charcos eran terreno firme, puertas y ventanas estaban cerradas a piedra y lodo, y no se oía una voz, ni un ruido, ni el aleteo de un murciélago en aquella negrura pavorosa.
Únicamente estaba abierto, frente a nuestra fonda, el Círculo del Comercio, donde por recurso tomamos café, y donde hubiéramos estado solos a no ser por los viajantes, nuestros compañeros de alojamiento.
Imitando a los habitantes de Villena, cuyas morigeradas costumbres son de alabar, nos retiramos a las nueve.
Al entrar en nuestro cuarto estaba todo, naturalmente como yo la había dejado: las cuartillas en que trabajé mientras llegaba la hora de la comida, el tintero, las cajas de placas fotográficas, la lámpara de tubo rojo…, pero, oh, sorpresa; sobre la silla en que me había sentado yacía un servicio de café. Sin café, pero con cucharilla, servicio que yo no había puesto allí ni del cual tenía la menor noticia.
Aquello ponía los pelos de punta, porque es de advertir que al salir habíamos cerrado la puerta con llave.
¡Cielos ¿si la sombra del marqués de Villena, aquel a quien tuvieron por brujo y encantador sus contemporáneos, se entretendrá en hacer jugarretas a los que vienen a visitar sus antiguos dominios?
Por de pronto esta noche voy a soñar con la redoma.
Y a volver a dirigirme a la Providencia parodiando al personaje de Ibsen:
¡Madre, el sol ¡el sol para mañana, que si no no voy a poder hacer fotografías.
Y efectivamente, bajo un sol esplendoroso y rutilante se nos apareció al día siguiente un Villena distinto del que habíamos podido imaginarnos entre las sombras. Alegre, animado, lleno de vida, contrastaba notablemente con el pueblo muerto encontrado a la llegada.


Los trabajadores villenenses con sus trajes de día de fiesta, las muchachas guapas con sus trapitos nuevos, los señores de la burguesía tomando el sol en la plaza, o en la calle de la Estación, o en la Corredera, los mercados concurridísimos, las calles todas bullendo de gente que iba y venía de la iglesia.
Se nos ofreció espontáneamente por guía nada menos que Simón Bocanegra, un mozo que limpia las botas al que se lo permite y, además engancha viajeros para la hospedería del Alcoyano. Como era de temer, Bocanegra no estaba muy enterado de historia, ni de heráldica, ni de geografía t hasta confundía lastimosamente el correo con el telégrafo, pero conocía perfectamente todos los escondrijos del castillo, que era lo interesante.
Además y por si no fueran bastante sus escasos conocimientos, pronto se nos unieron, al olorcillo de la máquina fotográfica, ocho o diez muchachuelos sin ocupaciones perentorias, que nos escoltaron toda la mañana alegremente.
Con tan lucido acompañamiento recorrimos las principales vías de la población, admiramos la notabilísima fachada del Consistorio, dimos un paseo entre los vendedores de fruta y hortalizas en la plaza de las Malvas, oímos misa en la iglesia de Santiago, de orden gótico con enormes columnas salomónicas y subimos al histórico castillo, resbalando y cayendo por empinadísimas callejuelas.

Consérvase este monumento en bastante buen estado y mejor estaría aún si los franceses, no hubieron tenido la malhadada idea de volar las bóvedas de dos pisos en la torres del homenaje.
Se lleva hasta las almenas de esta torre por una serie de escaleras angostas y oscuras labradas en el mismo muro, y desde lo alto se ve, muellemente reclinada a los pies de la fortaleza, la populosa ciudad, con sus calles laberínticas y sus dos pequeñas torres.
Allá, a lo lejos, se extiende una vega pintoresca y feraz, hasta el límite de la provincia por la parte de Albacete, y hasta la cordillera por la de Alicante.
Está casi intacto su gran patio de armas con torreones en los ángulos y escaleras de piedra que permiten el libre acceso a la muralla. Tiene el castillo un no sé qué que infunde placidez al espíritu y no produce la impresión de terror de otras construcciones de esta clase. Tal vez depende esto de la subida fácil y de la familiaridad con que trataban a los venerables restos los simpáticos capitalistas nuestros acompañantes, que corrían y saltaba por todos lados, peleándose por enseñarnos cuanto sabían, que no era cosa mayor, desgraciadamente.
-Mire usted, aquí dormían los moros.
-Aquí se ponía el centinela de los moros.
-Allí, en aquel agujero, se ven unas tablas que son de la caja donde enterraron a un capitán moro.
¡Siempre los moros.
-Aquellas aberturas redondas que se ven allá arriba, dice uno, eran para los cañones.
-Justo-añade otro,-y las rendijas que tenían encima eran para el gatillo.
En fin, que no dejó de ser instructivo y ameno el paseo por aquellas alturas.
A la bajada presenciamos la salida de la misa de doce, llamándonos la atención el tocado de las mujeres, que consiste en una mantilla de franela blanca como la nieve.


Y después de comer, acompañados ya por personas mayores, visitamos la parte alta del Círculo Comercial, donde habíamos tomado café la noche anterior, casi sin saberlo, y todas las dependencias del Casino Villenense, decorado con lujo y que tiene a disposición de los socios una biblioteca en la que figuran los mejores libros de literatura moderna: colecciones completas de la obra de Galdós, Pereda, Campoamor, Valera, Clarín, Alarcón, etc.; de viajes, de historia, de geografía…en fin, pruebas palpables de que ha presidido en su formación exquisito gusto.
Pero lo que no debe de visitar el curioso que pase por Villena son los manantiales.
En el patio de una casa particular, al mismo nivel del suelo, y formando un estanque, brota tal cantidad de agua cristalina que viven en ella, coleando muy a su gusto, centenares de barbos casi domesticados por el trato de gentes y algunos de ellos muy respetables y muy dignos de figurar en cualquier banquete.
Se da salida al agua por una pequeña alcantarilla que horada los muros de la casa y forma a la entrada del mercado un no muy grande remanso que llaman la fuente de los burros.
Por una poterna abierta al lado de la fuente de Alfonso XII, situada en la plaza del mercado, se penetra en una gran cueva donde se ve salir a borbotones de los peñascos un verdadero rio que por filtración viene, indudablemente, de las montañas próximas. El espectáculo bajo aquellas bóvedas oscuras es tan raro y sorprendente que, según cuenta, cuando D. Emilio Castelar estuvo en Villena, hace años, se sintió tan entusiasmado al ver aquello, que lo dedicó, ante sus escasos acompañantes, uno de sus más arrebatadores discursos.
Deploro yo no tener la maravillosa brillantez de estilo de nuestro gran tribuno; pero más lo sentirán ustedes, que tienen que contentarse con esta relación breve y sucinta.
No es todo agua en Villena, también hay mucho vino y muy excelente.
Sin ir más lejos, en las grandes bodegas de Conesa, y en infinidad de departamentos repletos de conos, pipas y vasijos, se almacenan muchos millares de arrobas. Una poderosa máquina aspira impelente, movida a vapor, hace los trasiegos necesarios por medio de una complicada tubería que serpentea en giros caprichosos por todas partes.
No hay para qué decir que probamos diferentes clases de caldos, elaborados en la casa, de exquisito sabor y aroma confortante; ni que a la salida el cielo cárdeno, las montañas plomizas y hasta el incierto porvenir nos parecían de color de rosa.
En el pueblo natal de D. Ruperto Chapí, el insigne y fecundo compositor, honra de España, no podía faltar música.

Y música tuvimos, y buena, y admirablemente interpretada al piano por una lindísima señorita villenense, en una velada improvisada en obsequio nuestro, que se prolongó hasta la una de la madrugada. La pianista hizo primores de ejecución, se recitaron versos de todas clases, nos honraron con su compañía algunas muchachas bonitas y todos los aficionados a las bellas artes, que son muchos; los dueños de la casa hicieron los honores con exquisita galantería, y nosotros…creo que nosotros no estuvimos a la altura de las circunstancias con nuestros atalajes de marcha y nuestra cortedad nativa.
Lo cual no me ha de impedir declarar urbi et orbe que Villena es uno de los pueblos más hospitalarios de la nación, y sus habitantes los más cariñosos y atentos de la tierra.
Llaman la chicharra al tren que recorre el trayecto entre Villena y Bocairente, porque la locomotora pita de una manera especial estridente y ronda.
Pues bien, en esta chicharra, que corre sobre vía estrecha y tiene unos coches muy cómodos, llegamos a Bañeras, después de cruzar  los términos de unos cuantos pueblos, cada uno con su castillo correspondiente, de la misma época y estilo que el de Villena.    



Los boletines del "Día que fuera" editados por la Junta Central de Fiestas - Villena, 1978